El síndrome de la casta y el fin de la luna de miel libertaria
El Presidente insiste en usar al kirchnerismo como el enemigo para justificar el ajuste, sin embargo, los números de inflación, los escándalos del caso $LIBRA y el «Adornigate» muestran un quiebre en la tolerancia ciudadana. Las encuestas ya advierten un cambio de época y el relato oficial pierde frente al malestar económico y moral.
En la Apertura de Sesiones Ordinarias del pasado 1 de marzo, el Presidente de la Nación, Javier Milei utilizó el atril del Congreso Nacional para volver a señalar al kirchnerismo como el enemigo central de su proyecto político: una forma de ordenar a los propios y reorganizar la escena pública alrededor de una lógica confrontativa. Esta polarización que plantea Milei, no solo busca consolidar su base electoral, sino también desplazar el foco de su gestión política y económica hacia una batalla cultural, en donde Cristina Kirchner ocupa, según el relato oficial, el lugar de un pasado decadente, corrupto y degradado moralmente.
El recurso de la herencia es una de las claves del mileísmo: el kirchnerismo no sólo es utilizado como el principal modelo de contraste, sino como recurso político de un pasado cercano que justifique el ajuste agresivo y el sostenimiento de los costos actuales, como medidas inevitables para la reconstrucción nacional.
Durante meses esto le aseguró al oficialismo un marco desde el cual disputar la agenda mediática, imponer formas y obligar al resto del sistema político a discutir bajo sus reglas. La lucha contra la casta, la confrontación permanente con el resto del sistema político y el “riesgo kuka” como amenaza latente, dejaron de ser instrumentos de campaña y se volvieron centrales en el sistema de poder libertario.
Pero ese mecanismo encuentra su límite cuando la economía —principal soporte del oficialismo— deja de ofrecer señales claras de mejora. Durante enero y febrero, la inflación cerró en 2,9% respectivamente y con una proyección oficial del 10,1% anual, una meta que hoy parece perder fuerza. De hecho, el propio Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central ubicó la inflación esperada a 12 meses en 22,3%, un nivel que descarta cualquier idea de una derrota rápida del fenómeno.
El recurso de la herencia es una de las claves del mileísmo: el kirchnerismo no sólo es utilizado como el principal modelo de contraste, sino como recurso político de un pasado cercano que justifique el ajuste agresivo y el sostenimiento de los costos actuales, como medidas inevitables para la reconstrucción nacional.
Durante meses esto le aseguró al oficialismo un marco desde el cual disputar la agenda mediática, imponer formas y obligar al resto del sistema político a discutir bajo sus reglas. La lucha contra la casta, la confrontación permanente con el resto del sistema político y el “riesgo kuka” como amenaza latente, dejaron de ser instrumentos de campaña y se volvieron centrales en el sistema de poder libertario.
Pero ese mecanismo encuentra su límite cuando la economía —principal soporte del oficialismo— deja de ofrecer señales claras de mejora. Durante enero y febrero, la inflación cerró en 2,9% respectivamente y con una proyección oficial del 10,1% anual, una meta que hoy parece perder fuerza. De hecho, el propio Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central ubicó la inflación esperada a 12 meses en 22,3%, un nivel que descarta cualquier idea de una derrota rápida del fenómeno.
El desgaste de la promesa permanente
¿Dónde está el problema si la inflación interanual había trepado al 211%? Sería absurdo negar la desaceleración inflacionaria, pero el problema para Javier Milei es el contraste con lo que él mismo ofreció, ya que su legitimidad no se construye solo sobre la idea de bajar la inflación, sino sobre la promesa de derrotarla rápidamente, dejar atrás la etapa de estabilización y abrir un ciclo de crecimiento, mejora salarial y alivio concreto para una sociedad exhausta.
Y ahí aparece una tensión en el Gobierno, ya que durante las primeras etapas pudo sostener la lógica del sacrificio con sentido, pero cuando las políticas de Estado llevadas a cabo no se traducen en una mejora de la calidad de vida, el discurso empieza a perder eficacia y el kirchnerismo vuelve a cobrar centralidad como un contenedor de culpas.
Esa necesidad de volver una y otra vez sobre el enemigo no es una novedad en la política argentina. Lo hizo Mauricio Macri con “la pesada herencia”, o Alberto Fernández con la inflación y la deuda recibida como explicación de sus propios límites. Pero en la lógica de Javier Milei, el kirchnerismo no es solo el pasado o el gobierno al que sucede, es una ‘batalla’ en donde se pone en juego la moralidad, la diferencia entre el “nosotros” —los denominados argentinos de bien— y un “ellos” asociado a la decadencia y la corrupción.
Pero ese recurso empieza a mostrar sus límites y, si bien no hay una oposición consolidada que logre capitalizar el descontento social, las encuestas reflejan un quiebre en la tolerancia ciudadana. No solo cae la aprobación del Gobierno —37,2%, con una desaprobación del 54,8%, según Pulso Research—, sino que por primera vez son más los que culpan a la gestión actual por la situación económica —46,9% contra un 41,6% que responsabiliza a gestiones anteriores—.
Y ahí aparece una tensión en el Gobierno, ya que durante las primeras etapas pudo sostener la lógica del sacrificio con sentido, pero cuando las políticas de Estado llevadas a cabo no se traducen en una mejora de la calidad de vida, el discurso empieza a perder eficacia y el kirchnerismo vuelve a cobrar centralidad como un contenedor de culpas.
Esa necesidad de volver una y otra vez sobre el enemigo no es una novedad en la política argentina. Lo hizo Mauricio Macri con “la pesada herencia”, o Alberto Fernández con la inflación y la deuda recibida como explicación de sus propios límites. Pero en la lógica de Javier Milei, el kirchnerismo no es solo el pasado o el gobierno al que sucede, es una ‘batalla’ en donde se pone en juego la moralidad, la diferencia entre el “nosotros” —los denominados argentinos de bien— y un “ellos” asociado a la decadencia y la corrupción.
Pero ese recurso empieza a mostrar sus límites y, si bien no hay una oposición consolidada que logre capitalizar el descontento social, las encuestas reflejan un quiebre en la tolerancia ciudadana. No solo cae la aprobación del Gobierno —37,2%, con una desaprobación del 54,8%, según Pulso Research—, sino que por primera vez son más los que culpan a la gestión actual por la situación económica —46,9% contra un 41,6% que responsabiliza a gestiones anteriores—.

Imagen realizada con IA
La épica moral oficialista entra en crisis
Ese malestar no se expresa sólo en los números ni responde únicamente al deterioro de la capacidad adquisitiva, sino también a una serie de causas recientes que erosionan uno de los puntos más sensibles del oficialismo. El caso $LIBRA abrió una crisis política y judicial incómoda para un Gobierno que hizo de la superioridad moral uno de sus principales activos. En los últimos días, los nuevos registros incorporados a la causa a partir del celular de Mauricio Novelli, volvieron a poner a la Casa Rosada en una instancia defensiva, ya que refuerzan una sospecha que golpea de lleno la épica anticasta que el mileísmo construyó como eje de su legitimidad política.
Como si no alcanzara con eso, el “Adornigate” empieza a funcionar como la «foto de Olivos» del ciclo libertario. Ver a la esposa del Jefe de Gabinete utilizando el avión presidencial para viajes a Nueva York mientras se pregona que «no hay plata» dinamita el contrato de confianza ciudadano. El contraste es obsceno: el Presidente fustiga en la Argentina Week a empresarios como Paolo Rocca y Madanes Quintanilla llamándolos “prebendarios”, mientras su entorno disfruta de privilegios que la sociedad, hoy empobrecida, ya no tolera.
Ambos casos evidencian un problema de fondo: hasta ahora se toleraban excesos e insultos interpretados como parte de una identidad antisistema, pero ese margen se acota cuando la gestión comienza a parecerse a todo lo que decía combatir. Si la vara moralista se coloca tan alta, cualquier desvío reduce la credibilidad del discurso y la consecuencia es clara: la casta, esa masa heterogénea en donde La Libertad Avanza supo aglutinar todos los reclamos, fastidios y frustraciones, ahora empieza a mostrar sus límites en una sociedad golpeada por el ajuste, por la persistencia de problemáticas que la administración libertaria vino a erradicar y sobre todo, por una economía que no ofrece el alivio con la velocidad esperada, lo que deja en evidencia que ya no alcanza con nombrar al enemigo.
El kirchnerismo puede seguir siendo útil como contenedor de culpas, pero la tolerancia se termina cuando el relato choca con la heladera vacía y la moral se mancha con los mismos vicios que venía a corregir. La sociedad avaló la motosierra bajo la premisa de que esta recaería sobre los privilegios de la política; avaló el insulto, las represalias contra periodistas y la violencia verbal como método de Gobierno bajo la promesa de que ese era el precio de desarticular un sistema corrupto y comenzar a crecer como país. Pero cuando la agresión y el señalamiento se convierten en las únicas herramientas frente a la clara falta de resultados, el pacto se rompe y el enemigo deja de ordenar la frustración y empieza a desnudar el vacío de poder.
Como si no alcanzara con eso, el “Adornigate” empieza a funcionar como la «foto de Olivos» del ciclo libertario. Ver a la esposa del Jefe de Gabinete utilizando el avión presidencial para viajes a Nueva York mientras se pregona que «no hay plata» dinamita el contrato de confianza ciudadano. El contraste es obsceno: el Presidente fustiga en la Argentina Week a empresarios como Paolo Rocca y Madanes Quintanilla llamándolos “prebendarios”, mientras su entorno disfruta de privilegios que la sociedad, hoy empobrecida, ya no tolera.
Ambos casos evidencian un problema de fondo: hasta ahora se toleraban excesos e insultos interpretados como parte de una identidad antisistema, pero ese margen se acota cuando la gestión comienza a parecerse a todo lo que decía combatir. Si la vara moralista se coloca tan alta, cualquier desvío reduce la credibilidad del discurso y la consecuencia es clara: la casta, esa masa heterogénea en donde La Libertad Avanza supo aglutinar todos los reclamos, fastidios y frustraciones, ahora empieza a mostrar sus límites en una sociedad golpeada por el ajuste, por la persistencia de problemáticas que la administración libertaria vino a erradicar y sobre todo, por una economía que no ofrece el alivio con la velocidad esperada, lo que deja en evidencia que ya no alcanza con nombrar al enemigo.
El kirchnerismo puede seguir siendo útil como contenedor de culpas, pero la tolerancia se termina cuando el relato choca con la heladera vacía y la moral se mancha con los mismos vicios que venía a corregir. La sociedad avaló la motosierra bajo la premisa de que esta recaería sobre los privilegios de la política; avaló el insulto, las represalias contra periodistas y la violencia verbal como método de Gobierno bajo la promesa de que ese era el precio de desarticular un sistema corrupto y comenzar a crecer como país. Pero cuando la agresión y el señalamiento se convierten en las únicas herramientas frente a la clara falta de resultados, el pacto se rompe y el enemigo deja de ordenar la frustración y empieza a desnudar el vacío de poder.

