Del otro lado
La tarde estaba quieta y los chicos corrían entre los pastizales sin miedo, sin saber en dónde pisaban y con esa curiosidad que a veces duele. En cambio, los más viejos del barrio estábamos curtidos. De noche, del otro lado del alambrado, los gritos flotaron en el aire y no pedían permiso para entrar a las casas. Lo vi cruzar el alambre del 601 y trotar hacia nosotros cargando algo pesado entre las manos. Venía contento, orgulloso de su hallazgo. Quise gritar, moverme, hacer algo, pero hacía años que mi cuerpo solo miraba con impotencia. Ya era tarde. Bastó solo un tropezón para que el barrio sintiera el olor de aquella época.

